La Física es pura magia

magic

By Ignasi Giró

Desde que el hombre es hombre existen las fábulas y los cuentos. Quizás, huyendo de una realidad grisácea, o tal vez, escapando del tedio de la vida, abrazamos mundos imaginados donde los anhelos parecen fluir más fácilmente. Pero, realmente, ¿hacen tanta falta?, ¿tan llana y aburrida es la realidad que nos rodea? ¡No, claro que no! (léase el «no» alargando la «o» y sonriendo un poco). Por eso, hoy, yo mismo, que soy físico, afirmo, aquí, sin miedo, lo siguiente (dos puntos): «Hay en los libros de ciencia maravillas gigantes lo suficientemente fascinantes como para no necesitar inventar nada, o no tanto, porque la realidad es la leche, la física es magia y el mundo es algo mucho más raro de lo que podamos llegar a imaginarnos. Y te lo voy a demostrar a ti, ahora, que has visto y lees este artículo, seguramente sentado, dedicándole unos minutos». Detrás de estos hechos aparentemente triviales (ver, sentarse, unos minutos) se esconden teorías y misterios que ríete tú de la isla de Lost.

Primero, sobre lo de «ver algo». Imagina que estás en el metro, miras al frente, te deleitas con unos labios rojizos. Piensas: «¡Quién pudiera tocarlos!». Pues bien, de alguna forma, ¡ya los has tocado! Si los llegas a ver es porque infinidad de bolitas de luz llamadas fotones ya se han paseado antes sobre esos labios, han rebotado en ellos y luego han penetrado en tus ojos, llevándole al cerebro la información necesaria para que recree una imagen nítida de esa boca. Sí, un manojo de fotones os ha tocado a los dos. Por eso la ves.¡Menudo viaje!

Aunque lo de estar sentado es aún más asombroso. Pensamos que es normal que una silla sujete un culo. Pero la ciencia explica algo «re que te fli pan te»: ¡El 99% de la materia está vacía!. Sabemos que todas las cosas están formadas por núcleos y electrones que orbitan a su alrededor. Sin embargo, el espacio que ocupan ambos es ínfimo. ¿Y entre ellos? No hay absolutamente nada. «Na de na». «Total emptiness». Estando tan vacío todo, el hecho de que una silla pueda sujetar un culo es simplemente fascinante. Más lógico sería que las cosas se atravesaran las unas a las otras. Pero no, se sujetan. Personalmente, disfruto mucho recordando este semimilagro cada vez que mis posaderas reposan sobre superficies blandas. Y flipo en colorines, claro.

Pero, amiga, amigo, si esto fuera poco, aún nos queda el tiempo. ¡Ay, el tiempo! La madre del cordero. Mira, si hubieras leído este artículo sentado en una nave espacial, moviéndote muy deprisa por el cosmos, la física predice —¡y demuestra!— que, al regresar a casa, te encontrarías todas las ediciones futuras de Yorokobu en tu buzón y que habrían muerto no solo sus fundadores, sino los hijos de sus fundadores y, por supuesto, este físico parlanchín que te ha entretenido hasta ahora. Sí, habrías viajado al futuro. Solo que nosotros nos habríamos quedado en el pasado. Porque el tiempo no es constante, sino que depende de la velocidad de quien lo mida. Cuanto más deprisa vas, más lento transcurre. Para aclaraciones al respecto, diríjanse al Sr. Albert Einstein que es quién desveló tamaño lío. ¡Qué mago!

En fin, acabo. Si esto no te ha convencido, yo casi que desisto. Aunque quizás esta noche, al tumbarte en tu cama, recuerdes que yaces encima de una especie de vacío inmenso poblado por partículas misteriosas entre las cuales no hay absolutamente nada. Y entonces, por fin, exclames convencido: «¡Ahá! Esto sí que es magia ¡Pura magia!», para luego caer rendido y soñar con duendes verdes, labios de fotones y relojes ultraveloces.