Al mundo lo salvarán los perezosos

perezosos

By Ignasi Giró

Activistas del mundo, amigos de Greenpeace, compañeros de incontables causas justas: os admiro profundamente. Pero sospecho que no salvaremos el planeta dedicando 48 minutos semanales a separar envases. O leyendo —y firmando— complejas cartas al parlamento Europeo. O eligiendo cautelosamente, tras megaanálisis detallados, qué marcas comprar y cuáles no. O construyendo valiosas ONG y sembrando el mundo con ellas. Mucho me temo que, si seguimos por ese camino, es más que probable que el mundo se vaya a la mierda.

La razón es que, frente a la —admirable— energía de los del «esfuerzo cambiomundista», se opondrá otra energía inmensa, siempre mucho mayor que la primera. La del «perezoso pasodetodo» que, simplemente, no encuentra tiempo o motivación para perder un puto julio de su vida —ojo, no el mes, sino la unidad internacional de energía— en intentar cambiar el mundo.

Dicho sea de paso que ese «perezoso pasodetodo», de alguna manera, habita en el interior de todos nosotros. En cualquier momento, uno baja la guardia y tira una colilla al suelo. O una lata al contenedor de la orgánica. Sí, esas cosas le pasan hasta al más verde de los ecologistas. Por eso, intuyo, al mundo sólo pueden salvarlo los perezosos.

Para darle más bombo al asunto, incluso le he puesto nombre a esta teoría. La he bautizado como «La teoría Koala». Se enunciaría así:

Sólo seremos capaces de salvar el mundo cuando hacer las cosas mal sea, al menos, dos veces más pesado, caro o incómodo que hacerlas bien.

Y ahí es donde entra el diseño como superpoder definitivo para salvar a la humanidad de irse al carajo. Ejemplo práctico. Imaginemos una tostadora con un botón gigante donde pone ‘Quemar a saco’ y otro botón, más pequeño, donde pone ‘Tostar perfectamente’. Ambos botones explican claramente lo que hacen. El producto, estrictamente hablando, podría pasar un test de calidad básico. Sin embargo, su diseño es fallido. Porque resulta mucho más sencillo —cuando vas con prisas, cuando estás dormido, cuando viene a casa un inglés que no entiende castellano, etc…— apretar el botón de ‘Quemado intenso’ en lugar del de ‘Tueste perfecto’.

Nuestra hipotética tostadora sería más bien una quemadora, dado que incumpliría una de las premisas básicas del diseño: premiar las interacciones que llevan a resultados positivos y penalizar las que llevan a resultados negativos. Sí, podríamos objetar que, si el usuario lo hace «bien» —es decir, lee lo que pone el botón, que no es tan complicado, joder— nada malo ocurriría.

¡Error garrafal! Los usuarios son, mayoritariamente, perezosos. Pasan olímpicamente de nosotros. Y, además, siempre tienen la razón. Si ocho de cada diez personas «lo hacen mal», lo que está mal no son esas personas, sino nuestro diseño. Esa es la cruda realidad.

Molesta un poco, lo sé. Pero no nos enfademos con los perezosos. Pensándolo bien, son una herramienta preciosa para diseñar cosas con sentido. Al fin y al cabo, representan el test definitivo para valorar si un producto está bien o mal diseñado. Porque un perezoso no se lee el manual de instrucciones.

Ignora la pegatina de ‘No enchufar a la corriente sin haber reiniciado el sistema’. Usa nuestro producto medio dormido. Vamos, que un buen perezoso no pierde el tiempo separando envases pegajosos de leche cuando se le acaba el brik y tiene el café a medias. No es que sea mala persona. Simplemente le resulta tan soberanamente coñazo reciclar que opta por no hacerlo, ignorando el peso global que su acción, sumada a la de otros millones de perezosos, acaba teniendo en el malogrado planeta.

Por eso si queremos salvar el mundo, hay que invertir el sistema dándole una vuelta de tuerca para que, por ejemplo:
· Abstenerse en una votación crucial sea mucho más complejo que acudir a las urnas.
· Donar dinero a causas benéficas resulte más cómodo que gastárselo en tragaperras.
· Conducir borracho sea más caro que volver a casa en taxi.

Necesitamos que la opción más cansina, la más pesada, la más costosa, sea la que NO beneficie al sistema, facilitando que las acciones con consecuencias positivas sean siempre siempre siempre las más rápidas, gratificantes y sencillas para el usuario.

Porqué, sí, las ONG son maravillosas. Y seguramente nos hacen más falta ahora que nunca. Pero sospecho que no serán ellas quienes nos salven de la hecatombe planetaria. Más bien serán (¿seremos?) los perezosos. Esos personajillos sin nombre que habitan en cada uno de nosotros y que, en el tiempo de escribir este artículo, ya han tirado al contenedor de orgánica cuatro bolsas de plástico, una botella de vino y dos briks de leche. Todo ello sin inmutarse un pelo.

Así son. Así somos.

Dicho esto, ¿qué? ¿Cambiamos el mundo? ¿O nos da pereza?